Bienvenidos a la Atalaya...

El caminante recorre el sendero, azotado por el viento que canta a las nubes tormentosas. Sus pies pisan la hierba de la ladera, mientras, no muy lejos, el sonido del mar chocando contra el acantilado hace compañía a la brisa salada. El caminante eleva su vista, y allá, en lo mas alto, casi al borde del mar, vislumbra una torre de piedra ocre, eterna vigilante del horizonte. En lo más alto, una figura encapuchada, apoyada en su cayado, eleva un farol que titila con la luz de su pequeña llama. El caminante prosigue su ascensión, y es entonces cuando la puerta de la torre se abre, invitadora, y de su interior surge un resplandor que promete un cálido fuego y grata compañía.

El Ermitaño le da la bienvenida a su Atalaya.

viernes, 26 de octubre de 2007

Un pequeño relato...

Estreno este blog con un relato, que escribí hace ya bastante tiempo, y que si bien no es bueno sí que es representativo. Tiene además la particularidad de que lo encontré hace poco, atribuido a otro autor, en otro blog. Aparte del hecho de que me plagien con un vil cortapega, lo que realmente me molesta es que el dueño de ese blog no se digna ni a contestarme. Qué decir. Por cierto, en este relato, mi personaje era Roland de Gilead, nombre de una novela de Stephen King que yo usé en un serder de Ragnarok, mundo en el cual se desarrolla la aventura. Ahí os lo dejo, con dedicatoria especial a Nicro.


EL PUENTE DE COAL MINE:

El joven pistolero avanzó cautelosamente tras el sonido repiqueteante de la armadura de su protector. La oscuridad los envolvía por doquier, embozándolos en una capa de sombras que solo se veía disuelta ante las escasas lámparas de aceite que aun permanecían encendidas. Aquellos luceros cubiertos de ancestrales telarañas desafiaban a la eterna negrura, como los últimos supervivientes de un ejército derrotado, pero que se niega a rendirse.

Roland, el joven pistolero, apresuró el paso al verse retrasado por sus divagaciones. Se acercó lo más posible a la espalda de acero del cruzado, tanto que tropezó con una piedra suelta, y se golpeó contra él. Nicro ni siquiera se vio empujado: su inmensa fortaleza física lo convertía mas en una estatua de piedra que en un ser de carne. Siempre desafiante, siempre resistiendo los envites. Eternamente estoico.


-Ten cuidado, jovenzuelo, pues podrías hacerte daño. Y aparta tus miedos a un lado, pues poco hay en estas cavernas que pueda siquiera asustarnos.-Dijo, mientras en su boca se dibujaba una ligera curva de sonrisa. Roland devolvió el gesto, aunque visiblemente menos imperturbable que su compañero. El joven pistolero apenas hacia meses que había obtenido sus cartucheras, y portaba aun sus rojizos revólveres Crimson. Poco más que pistolas de entrenamiento. De hecho, sus armas eran la razón que los había llevado a las profundidades de aquella caverna.


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Hacia apenas unos días que Nathaniel Garrison, antiguo pistolero retirado, y hoy día, fabricante de armas, le había hecho la propuesta. Hasta entonces, había ignorado a Roland, como hacía con todos aquellos a los que consideraba inadecuados. Mas concretamente, a aquellos a los que denominaba “esos miserables rancheros mocosos”. El antiguo pistolero, con su eterno aire de pedantería incotenida, había observado sus logros durante meses, recabando historias e información, como hacía con todos los jóvenes pistoleros que surgían del gremio. Durante años había seguido la misma doctrina: se sentaba en la taberna, y se mesaba el bigote, mientras bebía zarzaparrilla y observaba atentamente a los nuevos aprendices. El resto de pistoleros odiaban su eterno aire de suficiencia, así como su inapropiado chaqué, y la forma en que limpiaba sus gafas de cristal redondo, pero le soportaban, pues sabían que nadie podía fabricar un revolver mejor que el legendario “Garrison de 12 balas”.

Aquella calurosa tarde, en que la atmósfera de Einbroch era especialmente irrespirable, se había acercado al joven Roland en la taberna, para pronunciar las palabras que todo pistolero esperaba oír, sobre todo cuando las cicatrices aun no surcaban sus rostros, y la sangre todavía no manchaba sus revólveres de entrenamiento.


-¡Aprendiz!-Dijo Nathaniel. A pesar de que el apelativo le habría costado una bala en la frente a cualquier otro, Roland decidió tragarse el orgullo. Nathaniel, con el mentón alzado, y mirando al joven pistolero a través de sus pequeñas gafas como si de un vil poring se tratase, continuó hablando.-Creo que podemos llegar a un trato, a pesar de tu apreciable escasez de aptitud. Si me traes los materiales de esta lista, puede que te permita portar uno de mis revólveres. Abonando una cierta cantidad de oro, por supuesto.


Roland intentó disimular el arrebol que seguramente teñía su cara en aquel momento, pero la risita entre dientes que surgió de la garganta de Nathaniel le dijo que no lo había logrado.


-Le agradezco la propuesta, Señor Garrison. Acepto el trato.-Contestó. Se sentía como un novato al que han regalado su primer traje de aventurero.

-¡Por supuesto que lo agradeces, aprendiz!-Contestó Nathaniel, utilizando un tono muy similar al que un maestro utilizaría con su alumno más bobalicón.-Y además agradeces que yo confíe en poner el producto de mi trabajo en tus torpes manos.
-Por supuesto, señor Garrison.-Dijo Roland, intentando que las innumerables maldiciones que deseaba lanzar al hombrecillo no se filtraran por sus labios como un siseo de serpiente.-Gracias por confiar en mis torpes y poco diestras manos.

Nathaniel emitió un “hum” de desaprobación, y volvió a su particular esquina de la taberna, para continuar bebiendo su zarzaparrilla a pequeños sorbos. “Que tus balas se humedezcan, y el cañón de tu arma se llene de arena”, pensó Roland. Y sin embargo, a pesar de la comezón que le provocaban los aires de grandeza de aquel tipejo esmirriado, la emoción inundaba su cuerpo.

Roland de Gilead era casi incapaz de imaginar un “Garrison” original entre sus manos. Aquella arma, con su cadencia perfecta, y su más que conocida potencia, era el revolver soñado de todo joven pistolero. Pero se vio ingratamente sorprendido al observar el pequeño pedazo de papel que Nathaniel le había entregado con el listado de materiales necesarios.


Roland no podía dejar de pensar en aquellas dos últimas instrucciones. “Carbón, y acero. Acero de calidad”. Pocos eran los herreros que conocían la fabricación de acero. Y menos eran los que lo vendían a precio asequible. Aquello suponía una búsqueda larga, y probablemente peligrosa.


La respuesta a sus problemas llegó varios días después, justo cuando Roland empezaba a desesperarse por su infructuosa búsqueda. El camino en pos del acero que necesitaba le había llevado finalmente a la capital de Midgard. Prontera, la ciudad de resplandeciente fulgor, la capital del trono imperial, acogía a innumerables viajeros, comerciantes y aventureros. El retorno a la gloriosa urbe inundó su mente de antiguos recuerdos: había sido en Prontera donde Roland había conocido a Sir Karadras, el legendario maestro de armas; un cruzado ligeramente torpe, que le habló de la Decimotercera compañia. Fue el mismo Karadras quien le acompañó ante Gally, maestra del gremio, monje sin parangón, capaz de hundir el pectoral de una armadura de un solo golpe (con las consiguientes letales consecuencias para su portador). Y fue en la ciudad blanca donde él mismo se había convertido en uno más de la orden de la augusta compañía perdida y regresada.

Sumido en sus recuerdos, Roland descansaba de su agotadora búsqueda en la posada de Prontera, lugar de un encanto singular, donde cualquier viajero se sentía como en casa, atendido por la incansable posadera y sus sanadoras manos. Mientras pensaba, su whisky se recalentaba lentamente sobre la mesa, sin que el joven pistolero apenas hubiese bebido un par de sorbos. Y la respuesta a todos los pensamientos llegó en forma de un golpe en la espalda que a punto estuvo de clavar su cara en la mesa de roble. Al mirar hacia atrás, Roland se encontró con la ominosa figura de Nicro, el Cruzado, alzándose casi dos metros sobre sus grebas de acero.

-¿Qué tenemos aquí? –Dijo el cruzado, con su poderosa voz.-Un jovenzuelo, cargado de extrañas piedrecillas cobrizas que explotan, y con un arco sin cuerda, bebiendo whisky como un viejo minero del norte. Que imagen tan lamentable.
-Bienvenido seas, cruzado.-Respondió Roland. Alargó un brazo para apartar una silla de debajo de la mesa, y se la ofreció a Nicro.-Siéntate, por favor. Y permite que te invite a una ronda de…-Roland pensaba ofrecerle Whisky, pero entonces recordó que Nicro, como cruzado, debía haber hecho voto de pureza y abstinencia. Sin embargo, el propio cruzado respondió a su ofrecimiento antes de que él terminara su propuesta.
-Correcto. Me parece correcto.-Dijo mientras sonreía.-Pero mejor, en vez de a una ronda, aceptaría gustoso algunas viandas.

Roland alzó una mano, para llamar a la camarera. Ella ni siquiera necesitó acercarse a la mesa: simplemente miró a Nicro, y se marchó en dirección a la cocina con una sonrisa en los labios. Roland se preguntó qué podía parecerle tan gracioso a aquella moza.


-He oído, joven Roland, que andáis embarcado en una pequeña búsqueda. Y que necesitáis ayuda.-El tono de voz del cruzado había cambiado. Ya no había jovial camaradería en sus palabras, pues estas habían adquirido un ligero tono de seriedad, con la siempre presente pátina de sabiduría que caracterizaba al cruzado. Roland siempre había pensado que Nicro hablaba con la voz que suele atribuirse a los héroes de los cuentos de leyenda. El pistolero ni siquiera tuvo que explicar su situación. Nicro continuó hablando:


-Si necesitas acero, hay un lugar donde podemos buscarlo. Es un viaje un poco peligroso, y probablemente haya quien nos dificulte la tarea. Pero no te dañaran si te acompaño en tu pequeña aventura.
-¿Lo harías?-El rostro del joven pistolero, aun joven, sin cicatrices, se iluminó. El cruzado no dijo palabra. Simplemente, su boca se torció ligeramente, con una débil sonrisa. El joven siempre se preguntaba qué pasaría por la mente de aquel hombre cuando sonreía de aquella forma. El ominoso cruzado era toda una leyenda en Midgard. Había formado parte de innumerables ejércitos, todos los cuales acabaron convirtiéndose en victoriosas legiones. Su habilidad en el combate no tenía parangón, decían, y prácticamente no existían personas con la suficiente insensatez como para insultar el honor del cruzado (los que existían, simplemente, acababan dejando de existir en uno u otro momento). Y, sin embargo, aquel hombre, de quien todos esperarían un guerrero rudo y altanero, se convertía en un sabio, una vez que su flamberge penetraba en el refugio de su funda. Nicro había sido uno de los más cercanos guías y consejeros de la maestra del gremio Gally. También se encargaba de instruir y ayudar a los novatos que empezaban sus andanzas aventureras, y de desinstruirlos cuando Karadras les enseñaba alguna de sus “innumerables e insuperables técnicas”. Nadie sabía realmente qué se ocultaba bajo el acero de la armadura del cruzado, excepto un hombre de cabello corto y oscuro, y de profunda mirada azabache.


Roland abandonó sus divagaciones, justo cuando dos camareras se presentaron ante Nicro con una enorme bandeja, de la que manaba un intenso aroma a especias y carne asada. Roland lamentó haber ofrecido la invitación al cruzado, al ver como éste empezaba a devorar un jabalí al horno completo, que por supuesto, debería pagar él. El cruzado sonrió, mostrando todos sus blancos dientes, y pronunció tan solo una palabra:


-Correcto.
Roland esperó unos minutos, mientras observaba sorprendido como Nicro devoraba su plato. Entonces, se dirigió al cruzado, en un momento en que este limpiaba su rostro de la salsa de hierbas silvestres que manchaba su boca.


-Entonces, prepararé mis pertenencias, y partiremos a ese lugar del que hablas, cruzado.-Dijo el pistolero. Nicro dirigió su mirada al joven Roland, aun con la servilleta tapando su boca. Resultaba una imagen curiosa, un hombre de la envergadura física del cruzado limpiándose tan delicadamente con aquella pequeña servilleta roja.-¿Hay algún objeto, algún equipo necesario que debiera portar?-continuó el pistolero.

Nicro tardó en contestar. La respuesta del cruzado sonó como una profecía. Sin que la débil sonrisa de sus labios se disolviera, respondió con tan solo dos palabras.

-Tu valor.
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Roland comprendía ahora a qué se había referido el ominoso cruzado. El lugar al que le había dirigido era antiguamente conocido tan solo como “la mina de carbón”. Hoy en día recibía muchos nombres, de todos los cuales, el menos atemorizante era “la mina maldita”. Según habían contado los pocos ancianos que aun recordaban la historia de aquel lugar, tiempo atrás fue una importante fuente de acero, carbón y otros metales, dedicados a la fabricación de armas para mayor gloria del emperador de Midgard. Pero una horrible tragedia parecía haber acontecido, pues cientos de mineros desaparecieron en las entrañas de la caverna, y de ellos nunca mas se supo.
Y, sin embargo, a pesar del temor que despertaba en todos los aldeanos de los alrededores, Nicro penetró en la caverna como quien se limpia los pies en un felpudo: sin mirar siquiera al suelo, sin pensarlo dos veces. Ni el umbral de su casa lo habría cruzado con tanto estilo.

Roland jamás había dado muestra de cobardía en toda su historia como aventurero, y sin embargo, aquel lugar lograba erizarle el vello de la nuca. Al principio, tan solo les molestó algún que otro murciélago, después un par de topos gordos y fofos, que parecían más sorprendidos que molestos por la presencia de aquellos dos intrusos. Pero conforme descendían en aquel pozo de tierra batida, una presencia se hizo patente, como una ráfaga de aire frió que penetrase por las aberturas de la ropa. El estómago de Roland llegó a encogerse cuando, en una de las paredes de piedra de la caverna, pudo apreciar profundos surcos paralelos. “Arañazos” pensó el pistolero, “arañazos, producto de la desesperación”.

El descenso había continuado, y ahora se encontraban en el último piso, el más profundo, según le hizo saber Nicro a Roland. Poco antes el cruzado había contado al pistolero que el lugar estaba repleto de olvidados lingotes de acero, y piezas de carbón, abandonados por los mineros tras su desaparición.

Un ligero sonido comenzó a penetrar en el oído de Roland. Parecía como si una pieza de metal estuviera siendo arrastrada por el suelo, en movimientos rítmicos. La oscuridad hacía imposible determinar la procedencia exacta del sonido, pero el pistolero dedujo que provenía de uno de los innumerables túneles laterales. Al ver que Nicro se adelantaba, y que parecía no haber percibido nada preocupante, Roland se limitó a seguirle. Pero entonces, al pasar ante el siguiente cruce de túneles, entendió el motivo de aquellos ruidos.
Por el túnel sumido en la oscuridad, avanzaba una figura desgarbada y de hombros caídos. En su cabeza portaba un ajado casco de trabajador, y un mono de tela vaquera raído y desgajado cubría su cuerpo. No podía percibir su rostro, pues ante él portaba una linterna sorda de aceite, cuya espectral luminiscencia sumía el rostro del desconocido entre las sombras. Tras él, colgando de un delgadísimo brazo, arrastraba un oxidado pico, que repiqueteaba al rozar contra las piedrecillas del suelo. A Roland le inundaron unas terribles ganas de vomitar, debido a la pestilencia que emitía aquella figura, y su rostro se volvió blanco al ver, y comprender, que lo que se acercaba a él era el cadáver animado de un antiguo minero.

Desenfundó sus revólveres mucho antes de que Nicro tan siquiera pudiese alcanzar el mango de su espada, y descargó una tremenda ráfaga de disparos contra la espectral figura. El sonido de las detonaciones inundó el eterno silencio de la caverna, y los ecos resonaron algunos segundos a través de los túneles, haciendo que Roland se horrorizara ante la idea de atraer a un ejército de aquellos seres. El cuerpo calló al suelo totalmente desgajado. De la mano del cadáver, ahora separada del cuerpo, aun pendía la lámpara de gas.
Nicro se acercó al pistolero, y puso una mano en su hombro. Respondió a sus pensamientos, como si Roland los hubiese pronunciado en voz alta.

-Tranquilo, jovenzuelo. Ellos no pueden oír el ruido de tus disparos.-Su tono se volvió grave, y pronunció unas palabras que sonaron como una letanía.-Se limitan a esperar, a sentir los latidos de tu corazón y la vida que te inunda, e intentarán alcanzarla desesperadamente. Ven tu vitalidad, y desean devorarla, pues ellos están condenados eternamente al helor de la muerte.
-¿Qué son?-preguntó Roland. Nicro le miró gravemente, antes de responder.
-Los restos de los condenados. Lo último que queda de quienes una vez trabajaron en estas minas. Nadie sabe que ocurrió, pero todos saben lo que hay que hacer con ellos, como única forma de devolverles un poco de paz. Justo lo que tú has hecho.

Nicro se acercó a los restos del cadáver, ahora inanimado. Removió un poco las raídas ropas, y extrajo una pieza de metal brillante y carente de óxido. Roland comprendió inmediatamente.

-Ellos son los que portan el acero que necesito, ¿verdad?-No necesitó una respuesta. El cruzado se limitó a asentir. Entonces, levantó la cabeza, y dirigió una mirada a la oscuridad.
-Prepárate. Ahí llegan.

Roland miró hacia el túnel que Nicro señalaba. Se abría a una enorme estancia de la caverna, cuyo techo se alzaba varias decenas de metros. En la oscuridad, varias de las lámparas dejaban entrever las siluetas de sus portadores, y el sonido de las herramientas arrastradas por el suelo inundó la caverna, como si, de repente, un ejército de estatuas hubiera cobrado vida al aparecer unos visitantes indeseados. Nicro alzó su flamberge, y fue entonces cuando Roland comprendió que, fuera como fuese, el cruzado haría lo imposible para que él obtuviera lo que buscaba, pues su compañero blandía la flamberge a la vez que bramaba, como una sentencia firme e irrevocable:

-¡Por la gloria de Odín, que tu consigues hoy mismo tus revólveres!

Roland corrió tras el cruzado, que en aquel momento alcanzó las filas de los cadáveres de antiguos trabajadores. Los esqueléticos enemigos trataban de golpear al cruzado con sus picos y palas, pero éste ni siquiera les daba la oportunidad de hacerlo. Ante su flamberge, los cráneos, brazos y cascos destrozados salían despedidos como el trigo durante la siega. Roland tomó sus revólveres, y disparó contra el enemigo más cercano. Los disparos de sus Crimson alcanzaron al cadáver en la cabeza, y los restos de casco y cráneo llovieron hacia atrás sobre el suelo de la caverna. Entonces, algo pasó rozando junto a su oreja izquierda. Rolando se giró, justo para ver, a menos de medio metro, el putrefacto rostro de uno de los esqueléticos mineros. El enemigo había fallado el ataque por un centímetro, pero ahora alzaba de nuevo el pico para asestar un fatal golpe en la cabeza del pistolero. Roland saltó hacia atrás, haciendo una voltereta, y cayó clavando una de las rodillas sobre el suelo. Extendió el brazo izquierdo ante su rostro, y apoyó uno de sus revólveres sobre éste, para apuntar con precisión. El disparo, contra el visible esternón del esqueleto, destrozó la caja torácica del enemigo, haciendo a brazos y piernas quedar repartidos e inconexos sobre el suelo, como los macabros restos de una piñata.

Roland alzó la vista, justo para ver como Nicro barría con un golpe lateral la cabeza de dos de sus enemigos, antes de enarbolar su espada y asestar un poderoso golpe que partió en dos, desde la cabeza a los pies, a otro de los esqueletos. El casco del enemigo quedó limpiamente seccionado a la mitad sobre los huesos dispersos del cadáver. El cruzado se dio la vuelta, y entonces gritó:

-¡Insensato! ¡Detrás tuyo!

Roland no tuvo tiempo de ver qué ocurría. Un golpe en el estómago lo lanzó varios metros hacia atrás, haciéndole golpear con su espalda contra una de las vigas de madera que sostenían el techo de la caverna. Un poco de polvo calló sobre su cara, como burlándose de su falta de atención.
El pistolero vio entonces al enemigo que le había golpeado. Por suerte, la cabeza de acero de su pico hacía mucho que se había desprendido del palo de madera que portaba el esqueleto. Sin duda, aquel golpe del pico habría abierto sus entrañas con la misma facilidad con la que antiguamente escarbaba en la tierra en busca de acero.
Roland ni siquiera se levantó del suelo, sino que disparó desde aquella incómoda posición contra su enemigo, volándole las rótulas y haciéndole caer al suelo como una marioneta a la que hubieran cortado los hilos. Alzó la vista, y vio como los esqueletos comenzaban a rodear a Nicro. Sin embargo, el cruzado permanecía impasible, mientras segaba uno tras otro los cuerpos de los putrefactos monstruos. El pistolero corrió hacia él, con su abrigo de cuero ondeando a su espalda, mientras realizaba disparos laterales contra los enemigos que intentaban destrozarle con sus afiladas herramientas. Alcanzó el lugar donde Nicro combatía, y comenzó a descargar una tormenta de balas que, unida a la espada del imperturbable cruzado, convirtieron el terreno que les rodeaba en un mar de huesos y restos pútridos de antiguos esqueletos.

Los enemigos, sin embargo, continuaron llegando. Las oleadas eran cada vez mayores, y Roland estaba convencido de que ni tan siquiera el sabio cruzado había previsto aquella inmensa aglomeración de cadáveres animados. Pareciera que algún tipo de inteligencia los dirigía hacia el lugar donde los dos aventureros luchaban.
Roland y Nicro avanzaron, abriéndose camino a base de mandobles y disparos, tratando de alejarse de aquella inmensa masa de hostilidad. Sin embargo, su camino pronto se vio interrumpido: apenas un metro mas adelante, un inmenso abismo se abría a sus pies, cortando el terreno de húmeda tierra, y cuyo fondo desaparecía en la oscuridad más allá de la visión de Roland. Estaban rodeados, y la única salida posible era un salto que los llevaría irremisiblemente a la muerte. Roland dirigió una fugaz mirada a Nicro, y vio como la sangre manaba de un centenar de pequeñas heridas en el cuerpo del cruzado, y como su armadura aparecía mellada en los innumerables puntos donde sus enemigos le habían alcanzado. Entonces, una nueva silueta apareció entre los esqueletos que les atacaban.
Una sombra púrpura, que parecía una pequeña tormenta eléctrica en forma de pequeño cúmulo humanoide, avanzaba hacia ellos velozmente, portando un ajado escudo en un brazo inexistente. Aquel ente avanzaba sin dudar, y era patente que su capacidad de combatir, y sus habilidades marciales, eran muy superiores a las de los esqueletos que intentaban derrotarlos por mera superioridad numérica. Entonces, Roland escuchó al cruzado maldecir, y en su voz se percibía que aquello era algo más que un imprevisto:

-Myst. Los dirigen los malditos Myst.

Roland pudo percibir que varias de aquellas entidades espectrales se encontraban aquí y allá entre las filas de no muertos. A su paso, los antiguos mineros parecían recuperar una chispa de su intelecto, y dirigían sus pasos de nuevo hacia los aventureros, como si se tratasen de la fuente de todos sus males. El joven pistolero incluso creyó percibir un atisbo de mirada inteligente en las vacías cuencas de sus ojos.
Nicro enarboló su espada una vez más, y girando sobre sus pies, realizó un tremendo barrido con la hoja de su flamberge, abriendo un camino entre las filas de putrefactos cuerpos. Dirigió una mirada hacia el pistolero. “Odín todopoderoso” pensó Roland, “ni siquiera está asustado”. El cruzado se alzaba ante los monstruos como un bastión, enarbolando una y otra vez la hoja de su espada, y descargándola contra las huestes de monstruos como si de un arcángel castigador se tratase.

-¡Roland! ¡Hacia el puente!-Gritó. Roland dirigió sus ojos hacia donde el cruzado indicaba con la punta de su espada. A sus espaldas, unos metros a la derecha, el tenue brillo de unos raíles de metal se percibía oculto en la inmensa oscuridad del abismo, un último atisbo de esperanza. Parecían alzarse como un camino fantasma, sin más puntos de apoyo que unas cuantas vigas de hierro oxidado. Roland recargó una vez más los tambores de sus revólveres, y corrió en dirección al puente, mientras realizaba certeros disparos contra la masa de esqueletos que los acosaban. Se detuvo tan solo un instante, y disparando una brutal ráfaga que descargó totalmente sus Crimson, abrió un pequeño camino entre las filas de no muertos.

El pistolero saltó hacia delante, y rodó por el húmedo suelo para evitar los barridos que sus enemigos realizaban con sus improvisadas armas. El cruzado siguió su ejemplo, si bien no necesitó realizar ninguna cabriola para deshacerse de sus innumerables enemigos. Sencillamente, alzó su espada, y con un solo golpe, seccionó los brazos de sus atacantes, dejando a su paso un reguero de brazos aun aferrados a sus herramientas. Los aventureros alcanzaron finalmente el pequeño puente, que carecía de cualquier asidero que les protegiera de caer por sus laterales. Comenzaron una carrera en dirección contraria al cúmulo de no muertos que en ese momento comenzaban a pisar los pútridos tablones de madera de la vieja vía, haciendo que esta se tambalease bajo tanto peso. Algunos antiguos trabajadores incluso cayeron a la inmensidad del abismo, agitando torpemente sus brazos en busca de asidero. Lo mas espeluznante era verlos adentrarse en las profundidades del barranco sin tan siquiera emitir un grito de miedo.

De repente, una tabla traicionera se deshizo bajo los pies de Roland. Su pierna penetró en el hueco dejado por los restos enmohecidos de la antigua madera, lo que le hizo caer cuan largo era sobre las vías. Nicro, que corría unos metros mas adelante, se giró justo para ver como las huestes de no muertos se acercaban cada vez más a su compañero caído. Roland trató desesperadamente de sacar su pierna del hueco, pero los restos de la tabla habían aprisionado su rodilla, como el cepo de un cazador de osos.

El pistolero se sintió invadido por una atenazante sensación de frió, y alzó la vista. Ante él, a menos de unos centímetros, la espectral forma púrpura de uno de los Myst se había detenido. A aquella distancia, Roland podía sentir en su erizado vello las energías que componían la forma de aquella entidad. “Santa Freya, es pura maldad. Está compuesto de pura maldad”. El ser, de repente, materializó una enorme mano a su lado, una mano espectral, compuesta de pura magia, y se dispuso a golpear al caído pistolero. Pero entonces, un escudo se interpuso en la trayectoria del golpe. Nicro, el imperturbable cruzado, alzó su espada, y golpeó a la criatura, obligándola a parar su poderoso golpe. El cuerpo de Nicro, recubierto de su armadura, refulgía como plata a la espectral luz de las lámparas de los no muertos, mientras con sus movimientos de combate, golpeaba una y otra vez a la entidad de pura magia. “Casi parece una danza de muerte”, pensó el pistolero, temiendo que en su irrefrenable ataque, el cruzado perdiese pie y fuera engullido por las profundidades del abismo.

Pero los enemigos no permitirían que aquellos dos seres vivientes pudieran abandonar la lóbrega caverna. Otros Myst se adelantaron entre los esqueletos de los mineros, y se lanzaron contra Nicro con aquellas enormes manos espectrales dispuestas a destruirle. El cruzado, sin embargo, batía su espada a un lado y a otro, mientras giraba sobre sus pies y lanzaba estocadas contra todos sus oponentes. Tras aquel combate, los antiguos mineros, de los que podrían haberse congregado un centenar, trataban de golpear con sus picos y palas al guerrero. Y sin embargo, el cruzado los mantenía a raya, defendiendo en solitario el puente sobre el abismo. Entonces, la propia masa de enemigos detuvo finalmente el avance del cruzado. Algunos golpes rozaban su cuerpo, y finas marcas rojizas quedaban allí donde las herramientas oxidadas alcanzaban su piel. Nicro recibió un terrible golpe en su rostro, y retrocedió un paso. Entonces, uno de los Myst alzó su mano espectral y lanzó un ataque. Roland, que observaba la escena aun atascado en el puente, pensó que el final había llegado para el cruzado… y para él, por consiguiente. Pero un destello de chispa iluminó momentáneamente la enorme caverna, cuando la espada del cruzado detuvo el feroz ataque. Entonces, luchando contra la fuerza de aquella entidad, Nicro se levantó del suelo, y dirigió una mirada de furia al lugar donde debía estar el rostro de aquel ser. De repente, su voz resonó en la caverna, y pronunció unas palabras que ni todos los eones, ni todos los aventureros que jamás hayan pasado, ni pasarán por la mina maldita de carbón, podrán volver a escuchar:

-Yo soy la voz de la luz. Mi rostro es para vosotros la faz de la destrucción. Yo soy la muralla contra la oscuridad. ¡¡¡¡NO... PODRÉIS... PASAR!!!!

Clavando su flamberge en el suelo, el cruzado alzó una mano. A su alrededor, el aire comenzó a rielar, y los granos de tierra suelta se alzaron girando a su alrededor como un pequeño torbellino. La legión de no muertos no tuvo tiempo de retroceder, antes de que una luz, de un poderoso blanco cegador, inundara la estancia de un poder sagrado y ancestral. A pesar de que Roland se vio obligado a tapar sus ojos para no deslumbrarse, creyó vislumbrar la silueta de una enorme cruz luminosa, que rodeaba al cruzado como si de un santo se tratase, mientras las filas de no muertos se convertían en polvo a su alrededor. Y, entre aquel panorama, los ojos azabache de Nicro refulgían en una mirada trémula, como lo harían sin duda los de un dios de la batalla.
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Roland esperaba impacientemente junto al mostrador de Nathaniel Garrison, con Nicro a su lado, a que este le entregara sus nuevas armas. El pedante fabricante de revólveres volvió de su almacén, con una pequeña caja forrada de fieltro rojo entre sus manos. Antes de entregarla, abrió la parte superior, dejando ver las relucientes cachas de las increíbles pistolas. Brillaban como si las hubieran fabricado en plata pura.

-Aquí las tienes, jovencito-Dijo Nathaniel. Roland tomó la caja entre sus manos, y contempló fervorosamente las nuevas armas. Unas Garrison. Sus propias Garrison de doce balas.
-Gracias, señor Garrison. Todo un placer hacer tratos con usted.

Nathaniel se giró, dando la espalda y siseando una ligerilla sonrisa, que daban ganas de estrenar las nuevas pistolas en su nuca perfectamente rasurada. Nicro dirigió su mirada hacia Roland, en cuyo rostro había aparecido una mirada de preocupación al escuchar aquel sonido.

-Es una pena que te lleves mi obra incompleta, jovencito. Pero es el trabajo que estoy dispuesto a hacer por ti, no más.-Roland trocó su expresión en una máscara de duda, cuando el fabricante continuó su plétora-No iba a esmerarme tanto con un mocoso como tu.
-Teníamos un trato, señor Garrison. Mi arma a cambio de los materiales y el pago. Cúmplalo.-La ira comenzó a deformar el rostro de Roland, cuando escuchó la respuesta de Nathaniel.

-Tienes tus Garrison originales. He cumplido. Si quieres un trabajo mejor, pagarás por un trabajo mejor.-Soltó de nuevo aquella molesta sonrisilla, mientras se encajaba las gafas en el puente de su nariz.-Me traerás nuevos materiales, y un nuevo pago. Cincuenta mil monedas estarán bien.

El rostro de Roland se volvió totalmente rojo por la furia. Intentó echar mano de sus Crimson, pero entonces la mano de Nicro aferró su muñeca. Con un grácil movimiento, el cruzado desenvainó su falmberge, y dirigió su punta contra el cuello de Nathaniel. Por primera vez en su vida, Roland vio una expresión diferente a la suficiencia en el rostro de Garrison: miedo.

-Mi joven compañero ha cumplido su parte del trato, y usted a cambio le ha entregado un trabajo incompleto.-Dijo el cruzado. Su voz sonaba como un trueno lejano, que amenaza con descargar su furia cerca de tu cabeza si tientas demasiado a la tormenta.
-No entiendo mucho de estos arcos sin cuerda, -continuó-pero este pistolero tendrá lo mejor que sus manos puedan fabricar, o me tomaré esta afrenta como algo personal, señor forjador de revólveres. ¿Me ha comprendido?

Nathaniel Garrison, que en aquellos momentos prestaba mucha mas atención a la afilada amenaza bajo su cuello, asintió leve y rápidamente. El cruzado tomó la nueva lista de materiales: era muy similar a la anterior, si bien las cantidades eran considerablemente menores.

-Le traeremos los materiales, pues supongo que eso usted, con sus débiles y blancas manos, no puede conseguirlo-dijo Nicro.-Pero respecto al pago, creo que el realizado por este joven ha sido más que suficiente. Y si el trabajo no me parece apropiado, o si este pistolero siente que usted no se ha esforzado suficientemente, volveré para tratar este incómodo asunto ¿Piensa usted igual que yo, señor Garrison-forjador-de-revólveres?

De nuevo un asentimiento. Nicro envainó su espada, y Nathaniel corrió a esconderse en el almacén de su pequeño taller. Roland le dirigió una mirada de profundo respeto, y cierto orgullo, y dijo con voz queda:

-Gracias, Nicro. Pero no deseo que sufras ningún inconveniente o peligro por ayudarme con esta labor. Buscar los nuevos materiales será algo mas tedioso sin ti, pero si te marchas ahora mismo lo agradeceré igualmente.

Sin embargo, Nicro ni siquiera se dignó a contestar a esa propuesta. Sonriendo débilmente, y con voz potente, proclamó:

-Tendrás los mejores revólveres de todo Midgard, joven Roland. Por la gloria de Odín.