Recorro las tinieblas y las apago
pulsando el interruptor de la luz. Aun es de noche más allá de mi ventana.
Quizá también es de noche dentro de mi piel, casi nunca lo sé de seguro. Y sin
embargo sigo mi guión, y desentumezco mi cuerpo del insuficiente sueño.
Café frío, galletas de fibra, y
mil líneas de pensamiento: el desayuno de los campeones.
Mi mente juega en estas horas en
mi contra. Recuerda una a una todas las muescas que arañan mis engranajes más
básicos, esas pequeñas heridas que casi nunca curan: la desilusión, el estrés,
la acechante pena. Las toneladas de estiércol que tantas veces me han hecho
pensar que crecer, y madurar, no es más que entrenar nuestra capacidad para
soportar el consumo de cada vez mayores cantidades de mierda. Y sin embargo se
disipa el veneno de la memoria poco a poco, conforme los ojos permanecen
abiertos con menor dificultad. El café, frío y repugnante como una taza de
alquitrán, diluye las desdichas hasta hacerlas llevaderas. Las que se resisten
me las trago con ayuda de mis galletas “Digestive”.
Hay quien hace yoga o utiliza
mantras para enfrentarse a un nuevo día. Yo me ducho. Supongo que soy un tipo
sencillo, o quizá solo una persona limpia. Me explayo bajo el agua, a sabiendas
de que es el último placer casero antes de la jornada. Salgo de casa, aun a
oscuras, y las preocupaciones me esperan en el quicio de mi puerta. No llevan
mochila, pero me acompañan hasta el coche, con la firme intención de pegárseme
a la piel durante el resto de mis horas. Arranco el motor del coche, enciendo
la radio, y “Muse” rompe el silencio activando mis oídos con “Knights of
Cydonia”. Me pongo en movimiento.
Entonces, de entre la maraña de
recuerdos desdichados y preocupaciones eternas surge un tímido recuerdo, de
esos que se repiten cada día, pero que solo vienen a nuestra mente cuando el
momento que los arrastra se acerca inexorablemente. El café y el reloj me han
despertado esta mañana, pero el momento que me catapulta cada día solo llega
cuando mi coche toma ESA recta en concreto. Ha llegado.
Al final del camino, triunfando
sobre la oscuridad, un sol rojo como la sangre ciega mis ojos y llena mi alma.
El cielo se tiñe de su luz justo cuando “Muse” truena en mis oídos con el solo
de guitarra. En ese momento mi sangre brilla y sé que, aunque no lo veo, mi
cuerpo se enciende al rojo vivo y mi corazón bombea lava. Entonces todo queda fundido
y la escoria abandona mis pensamientos. Pienso ahora en toda esa gente que
adora la muerte cuando no han llegado a saber qué es la vida, pienso en la
débil misantropía de todos aquellos que dicen odiar a las personas cuando en
realidad solo las temen. Pienso en las triviales memeces que asaltan sus
cabezas, entre las cuales hace un instante se encontraba la mía. Pienso en
quienes no son capaces de disfrutar la maravilla de la vida, la filigrana de
sus existencias, los placeres más sencillos y los más complejos y delicados. Y
todos ellos se funden en el fuego rojo que el sol infunde en mi corazón, y se
esfuman como humo cuando mi cuerpo es incapaz de contener esa fuerza, y la
libera pisando el acelerador. A veces grito, henchido de energía y de vida, mientras
el Gran Rey me mira y me bendice. Y sé que por insignificante que sea nuestra
existencia, por desesperanzador que sea nuestro porvenir, al menos existirá
siempre una razón, una llama, algo por lo que cada día merece la pena
levantarse:
Amanece. Y no es poco.
1 comentario:
Textos viejos, que ahora vuelven a mi memoria.
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