Bienvenidos a la Atalaya...

El caminante recorre el sendero, azotado por el viento que canta a las nubes tormentosas. Sus pies pisan la hierba de la ladera, mientras, no muy lejos, el sonido del mar chocando contra el acantilado hace compañía a la brisa salada. El caminante eleva su vista, y allá, en lo mas alto, casi al borde del mar, vislumbra una torre de piedra ocre, eterna vigilante del horizonte. En lo más alto, una figura encapuchada, apoyada en su cayado, eleva un farol que titila con la luz de su pequeña llama. El caminante prosigue su ascensión, y es entonces cuando la puerta de la torre se abre, invitadora, y de su interior surge un resplandor que promete un cálido fuego y grata compañía.

El Ermitaño le da la bienvenida a su Atalaya.

martes, 10 de junio de 2008

Paisajes de batalla


Estiro uno a uno mis músculos, flexiono mi cuerpo y toco cada una de sus articulaciones. Observo la línea que marcan los gemelos en la pierna al estirarse, y siento los músculos estremecerse ante la tensión mientras se deslizan bajo la piel. Me preparo, miro una vez más al suelo, al horizonte, al camino. Empiezo a caminar, acelerando poco a poco el ritmo de mis pasos. Diviso entonces el que he convertido en mi límite de partida, y como me acerco poco a poco a él. Entonces llevo mis manos al cuello, y con un gesto coloco sobre mi cabeza el visor de brillante acero y el sonido se amortigua bajo el metal del yelmo. Ya solo puedo ver el horizonte infinito, la llanura que me separa de mi objetivo. El enorme territorio, poblado de una inmensa pradera de intenso verde, se convierte en mi camino. Siento el peso de la armadura sobre mi cuerpo, pero tan solo durante unos instantes, pues con un ligero gesto el frisón sobre el que cabalgo se lanza a la carrera, con sus poderosos músculos moviéndose bajo su piel negra, mientras el vapor sube desde su sudoroso lomo. El caballo relincha mientras la pradera se desliza bajo sus cascos azabache, y la cota de mallas tintinea sobre mis hombros a cada paso de la bestia. Avanzamos juntos, como llevados por el viento, y a lo lejos oigo ya los sonidos de los cuernos de batalla. La pradera deja ver poco a poco los estragos de la guerra, y al ascender la siguiente colina las siluetas de diez mil hombres ensombrecen la tierra bajo sus pies calzados de cuero tachonado. Veo al enemigo acosando a mis guerreros con sus insidiosas tácticas: nos superan en número y la batalla es desigual en todos los frentes. Entonces, dirijo el rostro de mi montura en dirección a los enemigos. La bestia comprende mi acción, y sin miedo comienza su galope. El enemigo, que enarbola sus lanzas en otra dirección, mueve ahora sus armas para enfrentar a la nueva amenaza. El bosque de púas de acero me saluda como la sonrisa de un demonio repleta de dientes. El corcel no detiene su paso, y cuando la muerte parece inminente, un salto de sus poderosas paras lo eleva sobre el muro de lanzas, y cae aplastando al enemigo. En mi lanza se ensartan los cuerpos de varios desgraciados. Puedo ver sus rostros sucios, malvados, mirar con horror el hasta de hierro que les ha arrancado la vida. Pero aun no han exhalado su último aliento cuando mi espada siega ya el alma de sus compañeros de armas, que caen uno a uno bajo mi furia vengadora. Sus lanzas hieren mis piernas y el costado de mi fiel corcel, pero los daños de los cascos de la bestia se unen a mis mandobles hasta que nuestros enemigos, horrorizados, se baten en retirada. El enemigo huye despavorido, y con un nuevo galope, nos unimos a nuestros camaradas, brevemente liberados del ataque al que estaban sometidos. Nos reciben con vítores y alabanzas, y los hombres se reúnen junto a mí y se preparan, henchidos de orgullo, para contraatacar a las huestes enemigas. La mano de un escudero anónimo me entrega un mástil en el que ondea, orgulloso, en un estandarte de terciopelo ajado por la batalla, un trece blanco sobre un fondo negro. Bajo el emblema de la compañía, mi grito de guerra es coreado por mis hermanos, y nos lanzamos hacia el enemigo. De nuevo sus lanzas se elevan, formando un muro de muerte. Ya casi podemos sentir su frío acero cuando detengo mi carrera. Recupero el aire, y golpéo levemente el artefacto, que ha dejado de funcionar. Apenas un segundo después el sonido vuelve a inundar mis oídos, y bajo su ritmo el enemigo cae de nuevo rendido. Sus gritos se mezclan con la furia de mis hermanos, cuyas espadas cosechan ya las cabezas de los lanceros. Sin embargo, un horror sombrío parece cernirse sobre sus ánimos, que poco a poco se apagan, y la lucha pierde fuerza. Tras las líneas de la infantería enemiga una enorme silueta se eleva contra el cielo. El gigantesco dragón, rojo como las entrañas de la tierra, se levanta desafiante sobre el campo de batalla. Entonces, abandono la formación, y levantando la espada al aire, clamo por un combate singular. El jinete del dragón, el señor de nuestros enemigos, acepta el reto, pues en ese momento el dragón comienza a descender en picado sobre mi cabeza. Veo el fuego abandonar sus fauces, pero sin sentir miedo espoleo a mi poderoso corcel, y levanto el estandarte de la compañía con orgullo mientras blando mi espada sobre la cabeza. Entonces se produce el choque, y en el infierno de llamas y acero vuelvo a quitarme los cascos de los oídos. Me detengo, resollando, y bebo en una de las fuentes sembradas en mi recorrido habitual. Veo a los transeúntes, con su ropa veraniega, mientras pasean junto al mar. Miro entonces mi aspecto: mi camiseta sin mangas, mis calzonas y mis zapatillas deportivas. El sonido de la música me llega desde los cascos que ahora penden de mi cuello. No debo detenerme demasiado, hay que terminar la carrera diaria. Me dispongo a continuar, estiro las piernas, respiro profundamente, y mis pies se mueven de nuevo mientras llevo de nuevo a mi cabeza el yelmo destrozado por la batalla. El enemigo yace derrotado, y la victoria ya es un hecho. La labor ha concluido y puedo dirigirme hacia un nuevo reto. El horizonte me recibe, con los rayos de sol brillando sobre la verde pradera, mientras mi corcel galopa, bajo mis piernas, en busca de la siguiente aventura.

lunes, 12 de mayo de 2008

Latido



Late,
cuando deshago los nudos que aprisionan tus secretos,
y caen al suelo los velos tras los cuales se ocultaba
tu piel desnuda.

Late,
cuando caminan mis manos por el pecado de tus sendas
mientras me quema el fuego de tu alma, por el deseo
enfebrecida.

Late,
y la pasión fluye, líquida, y se convierte en río
que corre anunciando la caída de la fortaleza
hoy asediada.

Late,
y me anudas con tus miembros al mástil de este Argos,
viéndote sirena, esperando la canción de tentación
por ti cantada.

Late.
Marcan el ritmo tus caderas
en esta danza.

Late,
herida mi razón, de lujuria
es tu lanza.

Late,
cazado, huir de ti no no es ni deseo
ni esperanza.

Late,
callada.
Late,
ardiente.
Late,
me fundo en tu vientre de lava.

Late,
sonriendo.
Late,
atada.
Late,
cuando eres mi dueña y mi esclava.

Late,
gritando,
Late,
cabalgas,
Late,
adicción, tentación desbocada.

Late,
gimiendo.
Late,
entonas,
Late,
canción de pasión desbocada.

Late, late, ¡Late!

Late,
perlado todo tu cuerpo con estrellas de agua y sal.
Y el mió, bajo el tuyo, se barniza con el deseo
por tí vertido.

Late.
Aun estremecida te dejas volar un instante.
Yo me quedo guardándote del mundo, protegiéndote,
a ti abrazado.

Late,
y el brillo, hipnótico y pleno, de tu mirada,
me dice que, ahora, el apetito de tu cuerpo
está saciado.

Late,
y escucho detenerse el batir de tus alas de cisne.
Se acalla la llama de tus ojos cuando tu alma
descansa a mi lado.

Junto a mí,
tu cuerpo
late.

* * * * *

Un pequeño poema, que demuestra por qué no debo ser poeta.

lunes, 21 de abril de 2008

Yo soy miles



Me miras, y ríes.


Te crees sentado en un escaño superior, pues mis pensamientos te parecen infantiles e inútiles. Tu coraza es la realidad, y tras ella sientes poder, pues ves mis ojos dilatados y perdidos, como clavados en algo que no está delante de mi rostro. Tus carcajadas resuenan, y haces de su aura tu manto, e incluso buscas otras risas afines. Entonces, mi mirada vuelve a mis ojos, que se clavan en los tuyos. Te encoges, porque en mis pupilas percibes un poder que desconoces.

Tú, que ni siquiera ves los barrotes de tu jaula, no sabes ante quienes te hayas. Pues yo no soy uno sino muchos, uno en todos, todos uno, y mi mente facetada te deslumbra. Sientes la libertad que recorre mi cuerpo, y las ataduras que te mantienen preso, y me ves, nos ves crecer ante ti. Pues Yo soy.

Yo he besado las sandalias de Arturo, y en su corte me han armado caballero. Yo he luchado contra sajones y bárbaros, junto a los que las leyendas han hecho grandes. Yo he visto Camelot con mis ojos, y mil veces he pisado sus piedras. Pues yo soy Sir Laín, señor de las bestias, y a mi paso la gloria del rey ha brillado como el sol.

Yo he sentido en mis músculos la fuerza y el poder, y en mi hacha la sangre de los demonios. Mis horizontes no tienen fin, y he conocido lugares que ni siquiera sueñas, de torres altas como el mundo, o planicies extensas como el infinito. Yo he saboreado el calor de la forja, y el acero que mi mano ha conocido es ahora leyenda allá donde ha segado las almas de los enemigos. Pues yo soy Thuoros, el del Puño de Hierro, mi barba es tan larga como honorable mi estirpe, y la forja es mi madre.

Yo he invocado el poder del rayo, y de mis dedos han surgido como llamas vengadoras las tormentas. En el corazón del mundo he luchado contra la tiranía, y las fantasías finales de los enemigos de la libertad he destruido. Pues yo soy Kildames el mago, engarzador de materias.

Yo he empuñado la muerte, y con ella he bailado sin miedo. He recorrido el espacio, he respirado cien atmósferas, y los titanes han sido mis compañeros de batalla. Como un fantasma he luchado en guerras en las que mis enemigos temían mas mi presencia que mis armas, pues al oírme susurrar en el silencio sabían que su fin era inminente, y nada podía evitarlo. Pues yo soy Gabriel, el de la mano firme, y mis certeros ojos púrpura han sido la última imagen grabada a fuego en la retina de cientos de hombres.

Yo he surgido de la esclavitud, torturado durante años, para labrar mi camino a la libertad, y a las alturas. No verás mi mano detenerse, pues es firme y diestra. Mis brazos de acero han arrancado la voluntad a los que han intentado arrebatar la mía, y acorazado en el corazón de gigantes de hierro he luchado. Pues yo soy Aetrus, un hombre libre, y no hay desierto ni jardín de acero, señor del crimen o Elegido, que mi destino haya podido truncar.

Yo he vestido la armadura de cruzado, y con ella he recorrido todos los mundos que se apoyan en las ramas de Yddgrassil. En mi espalda, dos alas flamígeras han sido el estandarte de un ejército, portando con orgullo un XIII en nuestros brazos. Bajo mi espada el mal ha sentido su fin, y de mi cuerpo han surgido las llamas blancas de la purificación. Pues yo soy Karadras, capitán de la Decimotercera Compañía, el legendario Maestro de Armas.

¿No lo ves? ¡Ciego y necio! Para mi no hay horizontes, pues mi mente ha acompañado a Mazzepa condenado en la planicie, y he cabalgado en el lomo de Fuju. He compartido la carga del Único con un mediano, y a mí se han abierto las puertas ocultas de los reinos de los Eldar. A la vera de Muad Dib he conocido a Shai Hulud, y la melange he probado en su palacio. Junto a Legrasse he recorrido los ominosos pantanos, ¡Y mis ojos han visto al gran Cthulhu!

He luchado en Trafalgar en la proa del Antilla, y en Sbodonovo he ganado una insignia de la mano de un emperador. Junto a Ramses he vencido en Kadesh, y bajo su reinado he conocido la gloria.

¡Contempla mis alas! Pues ante ti se halla Malebolgia, el caido, al que la noche teme. Y no hay rincón que no haya visitado de cientos de Reinos Olvidados. Bajo el trono esmeralda mi katana ha contemplado las llanuras oscuras de la tierra de Fu Leng. Incluso he sido maldito, sin poder contemplar el sol, eternamente destinado a la oscuridad.

Ignorante, encerrado en la celda que es tu percepción, no comprendes como pude ser tantos si solo soy uno, no ves mas allá de las paredes de este finito horizonte que llamas “realidad”. ¿Quieres saber a donde miran mis ojos cuando parecen perdidos? A todas partes, pues para mi no hay barreras, y si las encuentro, las destruyo. En mi mente nacen mundos que tu no puedes siquiera concebir. He ahí mi poder sobre ti, y tu necedad apenas me importa. Pues mientras tú te sientes superior en la certeza de los límites, yo soy libre.

Y bajo mis alas, soy miles. Y bajo mi vuelo los mundos cambian, según mi voluntad.


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Dedicado a todos aquellos que no se conforman con la realidad: a los nuevos escritores, a los que crean mundos de fantasía o ficción, a los rompedores de los límites. Y, por supuesto, a los Roleros, que son miles en uno, y uno en miles. A todos vosotros.

Eliminad vuestros velos, buscad las puertas que os conducen a otros mundos. Un libro es mas que papel, es una entrada a un lugar que, cuando lo conozcáis, no deseareis abandonar.


Os saludo, os saludamos. En el universo sin fronteras hay lugar para todos, y la única decisión es entrar, o permanecer fuera. Os saludo, os saludamos, pues habéis llegado a un lugar donde no se ofrecen mapas de ese mundo, pero que sin embargo se encuentra dentro de sus límites. Os saludo, pues el lugar donde os halláis, esta torre junto a un acantilado, donde el viento es fiero, es mi refugio. Pues yo soy El Ermitaño, y desde mi Atalaya podéis vislumbrar un horizonte infinito, si aceptáis la invitación.

Canope de barro


Canope de barro

Siempre cierro la mano demasiado tarde
y por ello se escapa siempre el ave
que en mi palma come.
Y cada vez que huye me hago la misma promesa:
“la próxima vez cerrarás la mano a tiempo”.
pero nunca lo cumplo.

Siempre vuelve, confiada, al calor entre mis dedos.
Y me deja ver los colores de sus plumas.
Me promete su compañía.
Solo pide que la atrape,
que arrebate su movimiento
al caótico viento.

Pero vuelvo a ser Cristo y Pedro.
Tres veces, cada año, me niego.
Niego mi nombre y las promesas
que a mi alma le hago.
Más traidor si cabe que el apóstol,
pues para mí mayor es el plazo del gallo.

Hoy siempre es mañana,
y mañana siempre es mejor día
para manchar de sudor mi rostro.
Pero mañana siempre es hoy.
Un día más quemado en la hoguera
del arrepentimiento por lo no cumplido.

Y sin embargo crezco.
Pues más brilla el hidromiel con cada hora
que pasa entre las paredes de roble.
Y siempre hay quien prefiere
beber un néctar dulce
aunque basta sea la jarra.

Vuela mi mente
en cielos siempre más altos.
Y me uno a una bandada
que no mira mis plumas de grajo.
Pero no hay banquete en esta vida
en que compita el oro con el peltre.

En canope de arcilla
se conservan las llaves de a vida.
Pero en el tesoro siempre destaca el diamante.
Y aunque con esparto vista el poeta
siempre invitan al baile
al necio cubierto de armiño.

¿Cuál es el reto?
¿Cambiar el caliz de madera
repleto de sabroso vino
por la copa de fino cristal
plena de cenizas
y estiércol?

Podría negarlo.
Gritar al mundo la desdicha
de no querer ser
vasija de porcelana.
Pero es un grito falso
proferido por un alfarero perezoso.

Pues el duelo
no es mas que cumplir la palabra.
y manteniendo la promesa de cada año
dejar fermentar el buen licor
mientras trabajo en la nueva copa
que debe cobijarlo.

El pecado
no se palia culpando al pájaro
por poseer alas,
sino entrenando la mano
para, cuando vuelva al cobijo de mis dedos,
saber cerrarla.


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Un poema de rima y métrica libre, de composición rápida. Va muy a cuento con la época en la que nos encontramos, y perdonadme las imágenes poco claras, pero prefiero dotarlo de un poco de onirismo, que a su vez, sin darme cuenta, han variado su significado de un par de frases a un universo de posibilidades.

Piedad por la mala calidad.

Venenos y Cadenas


Venenos y Cadenas:

Hay veces en que no debiera recordar aquellas cosas que nunca ocurrieron, porque duele saber que no te puedo soñar. Hay veces que quiero escapar de una cadena rota, y mi libertad me mantiene cautivo, a tu lado, bajo tu mirada ciega. Hay veces en que no sé si son mis ojos los que están velados, o tu boca la sellada, y esperamos, frente a frente, a convertirnos en estatuas de sal barridas por el viento. Y nadie habla.

Hay veces en que deseo que me odies, porque ser tu amigo duele más que una espada. Y mientras hablas no te percatas de que lo que menos me importan son tus palabras, porque para comprenderte no las necesito. Y te miro, y sé que en realidad no me ves.

Hay veces en que tus ojos se quejan a gritos, y tu boca permanece muda. O quizá estoy loco, y escucho en tu voz callada los lamentos de mi alma. Me desbordan las ideas y los sueños de que calles, y me beses. Pero sé que son solo deseos.

Hay veces en que te detesto, cuando clavas tu mirada en la mía, y no sé si debiera tomarte, y mi pasividad me hace odiarme y odiarte a ti por existir y darme vida y esperanza. Escucharte pedirme un abrazo, reír cuando recibes un regalo, o incluirme en tus pensamientos me recuerda mi propia idiotez y cobardía. Ver la llama de una lumbre reflejarse en tu piel, o el mar mojar tus pies, me llena de desdicha. Entonces eres veneno, pero tan dulce que me repugno cuando lo bebo, ávido, como el mejor vino.

Hay veces en que el no poder hacer me llena de ira. Sentir la prohibición en mis muñecas, como grilletes que nunca se oxidan, cuando todo mi deseo es tocarte y sentirte hasta el último recoveco de tu cuerpo. Y sé que, cuando bailas frente a mí, cuando me hablas de cerca, o incluso cuando te enfadas, tú sabes que en mi mirada no hay solo amor de amigo. Y sin embargo, no sé si sencillamente callas y disfrutas mi dolor, o realmente no juegas, sino que usas una máscara y escondes bajo la piel cada retazo de tus sensaciones.

Hay veces en que deseo sustituir mis recuerdos por mis sueños, para poder saborear cada instante en que te he hecho el amor sin que jamás haya ocurrido. Hay veces que los verdaderos recuerdos me asedian, y me muevo sobre tu piel desnuda, y te siento retorcerte en mi memoria. Y entonces vuelvo a mi posición de plebeyo junto a tu trono. No pertenezco a nada que sea tuyo, no soy tuyo, y no quieres que lo sea. Y sin embargo, eres mi dueña.

Hay veces en que tengo que alejarme de ti, porque estar a tu lado me hace arder de tal forma que temo que quemes todas mis cadenas. Y si no huyera te devoraría, te haría mía, y no me importaría nada mas que aferrarme a ti, anudado por tus piernas, mis manos enganchadas a tu pelo, y mi boca fundida a la tuya. Y poco me importaría saber que tus besos escondiesen la fuerza de un mordisco, o el veneno de una víbora, porque nada me separaría de ti, hasta caer muerto y baldío, a un lado.

Hay veces en que pienso que lo mejor sería abandonar tu vera, porque mientras dices quererme construyes muros, y yo no puedo pensar en otra cosa que asediarlos. Y si los cruzase no habría horda ni bárbaro que a mí pudiese compararse, porque no habría rincón de ti en el que mi pasión no prendiese fuego. Si tuviese que pedirte perdón, me obligarías a mentir, porque solo puedo sentir como pecado actuar en contra de tu deseo, nunca el haber actuado.

Hay veces en que te odio con toda mi alma, aun cuando sé que no puedo odiarte. Pero entonces recuerdo los caminos de tu cuerpo, y lo que siento cuando me rozas, o estas cerca. Y resuenan en mis oídos, como el tañer de una campana de muerto, las veces en que te refieres a mí como tu amigo. Y entonces comprendo que mi odio es egoísta, y que me odio mas a mí que a ti, por no ser valiente, o suficiente, para estar mas cerca.

Hay veces en que comprendo que de ti solo podré tener tu silueta recortada contra la luz, y mirarte, encadenado, desde una mazmorra que yo mismo he construido.



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Aclaro que este blog solo bebe de mí, y no escupe a nadie, mas que al autor. Hablar de las mujeres de mi vida es hablar de mi propio yo, pues su cariño y su desprecio también han moldeado mi alma. No busqueis nombres ocultos en las líneas del texto.

lunes, 21 de enero de 2008

Poema al caminante

Este poema, que considero inconcluso y bastante pobre, es mi pequeña oda a todos los que se atreven a cambiar, y a dar su primer paso. Muchas personas, a pesar de que creen poseer una vida dinámica y en constante cambio, no hacen mas que deambular toda su existencia por las tablas de un mismo muelle, sin atreverse jamas a embarcar. Todos debemos atrevernos a comenzar nuevos caminos. Y yo debería seguir mi propio consejo.



Caminante.

Miraba al horizonte enrojecido

con alegría,

sabiendo que con el sol ya vencido

despunta el día.


Sentía las cenizas de una vida

en su camino,

cortada con tijera de hoja hendida

y poco tino.


Vivencias que ahora deben quedar solas.

Dirige atento

su barco, al deseo de las olas

y al son del viento.


Navega por la memoria de la tierra.

Vuela en cielos que nunca vio.

Recorre lugares que no leyó

y que el que es sabio, en su ignorancia, entierra.

El horizonte: en sus pies, nunca delante.

Guías que nunca dejan de andar.

Jamás detiene su caminar,

pues no hay camino para el caminante.


Viajó por tierras baldías y muertas

y encontró rosas.

Entre fulanas de alma triste y yerta,

damas hermosas.


Vio muros que cayeron hace años,

y en sus despojos

escuchó las voces de los extraños.

Miró a sus ojos.


Estuvo en los bosques que aun hablaban,

y entre sus ramas,

las ninfas que él siempre amó, le amaban

Durmió en sus camas.


Navega por la memoria de la tierra.

Vuela en cielos que nunca vio.

Recorre lugares que no leyó

y que el que es sabio, en su ignorancia, entierra.

El horizonte: en sus pies, nunca delante.

Guías que nunca dejan de andar.

Jamás detiene su caminar,

pues no hay camino para el caminante.


Jugó a los dados con la muerte.

Siempre vencía.

Guardaba siempre un poco de su suerte

para otro dia.


En un tiempo, cartas de plomo duro.

Eso fue antes.

La vida paga en dados de oro puro

a sus amantes.


Desde la montaña, mira y ve un gran mar

de nube y roca.

Junto al viento, comienza su navegar,

y al sol invoca.


Navega por la memoria de la tierra.

Vuela en cielos que nunca vio.

Recorre lugares que no leyó

y que el que es sabio, en su ignorancia, entierra.

El horizonte: en sus pies, nunca delante.

Guías que nunca dejan de andar.

Jamás detiene su caminar,

pues no hay camino para el caminante.

Por bella

Le dedico un abrazo a Francisco, un amigo, quien acuñó la última frase del poema.


Por bella (a Leonor Watling):

Te mira, y en sus ojos saboreas el pecado.
Esos ojos, con su mirada inocente,

enmarcados por un cuerpo irreverente

que todos los hombres, alguna vez, han deseado.


Su voz te arropa, acuna, te lleva por senderos

que, si no con ella, no has de conocer.

Pues solo de su mano puedes entender
las palabras pronunciadas por la boca de Eros.

Y sus vestidos tan solo te hablan de su desnudez.
¿Qué secretos se ocultan tras esa tela?
¿Creen acaso contener su eterna estela,

armoniosa, como música emanando de su tez?


Recorres, deseoso, con tus ojos su silueta.

En su seno está tu tierra prometida.

Y ves, en su mirar de princesa herida,

qué inspira, con su rostro, las palabras del poeta.


Te preguntas, tú también, el por qué de su presencia.

¿Qué dios benevolente nos la ha enviado?
Creo que el viento, a mi, me lo ha susurrado.
Hoy te contaré, a ti, la verdad de su existencia.

La sensualidad, olvidada, sufría un gran dolor:
necesitaba una voz, y una canción.

Calló del cielo al mundo una bendición

a la que los ángeles, por bella, llamaron Leonor.