Bienvenidos a la Atalaya...

El caminante recorre el sendero, azotado por el viento que canta a las nubes tormentosas. Sus pies pisan la hierba de la ladera, mientras, no muy lejos, el sonido del mar chocando contra el acantilado hace compañía a la brisa salada. El caminante eleva su vista, y allá, en lo mas alto, casi al borde del mar, vislumbra una torre de piedra ocre, eterna vigilante del horizonte. En lo más alto, una figura encapuchada, apoyada en su cayado, eleva un farol que titila con la luz de su pequeña llama. El caminante prosigue su ascensión, y es entonces cuando la puerta de la torre se abre, invitadora, y de su interior surge un resplandor que promete un cálido fuego y grata compañía.

El Ermitaño le da la bienvenida a su Atalaya.

lunes, 21 de abril de 2008

Venenos y Cadenas


Venenos y Cadenas:

Hay veces en que no debiera recordar aquellas cosas que nunca ocurrieron, porque duele saber que no te puedo soñar. Hay veces que quiero escapar de una cadena rota, y mi libertad me mantiene cautivo, a tu lado, bajo tu mirada ciega. Hay veces en que no sé si son mis ojos los que están velados, o tu boca la sellada, y esperamos, frente a frente, a convertirnos en estatuas de sal barridas por el viento. Y nadie habla.

Hay veces en que deseo que me odies, porque ser tu amigo duele más que una espada. Y mientras hablas no te percatas de que lo que menos me importan son tus palabras, porque para comprenderte no las necesito. Y te miro, y sé que en realidad no me ves.

Hay veces en que tus ojos se quejan a gritos, y tu boca permanece muda. O quizá estoy loco, y escucho en tu voz callada los lamentos de mi alma. Me desbordan las ideas y los sueños de que calles, y me beses. Pero sé que son solo deseos.

Hay veces en que te detesto, cuando clavas tu mirada en la mía, y no sé si debiera tomarte, y mi pasividad me hace odiarme y odiarte a ti por existir y darme vida y esperanza. Escucharte pedirme un abrazo, reír cuando recibes un regalo, o incluirme en tus pensamientos me recuerda mi propia idiotez y cobardía. Ver la llama de una lumbre reflejarse en tu piel, o el mar mojar tus pies, me llena de desdicha. Entonces eres veneno, pero tan dulce que me repugno cuando lo bebo, ávido, como el mejor vino.

Hay veces en que el no poder hacer me llena de ira. Sentir la prohibición en mis muñecas, como grilletes que nunca se oxidan, cuando todo mi deseo es tocarte y sentirte hasta el último recoveco de tu cuerpo. Y sé que, cuando bailas frente a mí, cuando me hablas de cerca, o incluso cuando te enfadas, tú sabes que en mi mirada no hay solo amor de amigo. Y sin embargo, no sé si sencillamente callas y disfrutas mi dolor, o realmente no juegas, sino que usas una máscara y escondes bajo la piel cada retazo de tus sensaciones.

Hay veces en que deseo sustituir mis recuerdos por mis sueños, para poder saborear cada instante en que te he hecho el amor sin que jamás haya ocurrido. Hay veces que los verdaderos recuerdos me asedian, y me muevo sobre tu piel desnuda, y te siento retorcerte en mi memoria. Y entonces vuelvo a mi posición de plebeyo junto a tu trono. No pertenezco a nada que sea tuyo, no soy tuyo, y no quieres que lo sea. Y sin embargo, eres mi dueña.

Hay veces en que tengo que alejarme de ti, porque estar a tu lado me hace arder de tal forma que temo que quemes todas mis cadenas. Y si no huyera te devoraría, te haría mía, y no me importaría nada mas que aferrarme a ti, anudado por tus piernas, mis manos enganchadas a tu pelo, y mi boca fundida a la tuya. Y poco me importaría saber que tus besos escondiesen la fuerza de un mordisco, o el veneno de una víbora, porque nada me separaría de ti, hasta caer muerto y baldío, a un lado.

Hay veces en que pienso que lo mejor sería abandonar tu vera, porque mientras dices quererme construyes muros, y yo no puedo pensar en otra cosa que asediarlos. Y si los cruzase no habría horda ni bárbaro que a mí pudiese compararse, porque no habría rincón de ti en el que mi pasión no prendiese fuego. Si tuviese que pedirte perdón, me obligarías a mentir, porque solo puedo sentir como pecado actuar en contra de tu deseo, nunca el haber actuado.

Hay veces en que te odio con toda mi alma, aun cuando sé que no puedo odiarte. Pero entonces recuerdo los caminos de tu cuerpo, y lo que siento cuando me rozas, o estas cerca. Y resuenan en mis oídos, como el tañer de una campana de muerto, las veces en que te refieres a mí como tu amigo. Y entonces comprendo que mi odio es egoísta, y que me odio mas a mí que a ti, por no ser valiente, o suficiente, para estar mas cerca.

Hay veces en que comprendo que de ti solo podré tener tu silueta recortada contra la luz, y mirarte, encadenado, desde una mazmorra que yo mismo he construido.



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Aclaro que este blog solo bebe de mí, y no escupe a nadie, mas que al autor. Hablar de las mujeres de mi vida es hablar de mi propio yo, pues su cariño y su desprecio también han moldeado mi alma. No busqueis nombres ocultos en las líneas del texto.

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