Bienvenidos a la Atalaya...

El caminante recorre el sendero, azotado por el viento que canta a las nubes tormentosas. Sus pies pisan la hierba de la ladera, mientras, no muy lejos, el sonido del mar chocando contra el acantilado hace compañía a la brisa salada. El caminante eleva su vista, y allá, en lo mas alto, casi al borde del mar, vislumbra una torre de piedra ocre, eterna vigilante del horizonte. En lo más alto, una figura encapuchada, apoyada en su cayado, eleva un farol que titila con la luz de su pequeña llama. El caminante prosigue su ascensión, y es entonces cuando la puerta de la torre se abre, invitadora, y de su interior surge un resplandor que promete un cálido fuego y grata compañía.

El Ermitaño le da la bienvenida a su Atalaya.

lunes, 28 de octubre de 2013

El hombre en la ventana



        Podría ser una noche de palabras tristes. Podría ser una noche de lamentos, de olvidos que no son olvidos, de amores que dicen no sentirse, pero que no han curado. Podría ser una noche de lágrimas, de heridas en el alma, de recuerdos.

Si, es la noche ideal para los recuerdos. Más allá de mi ventana el viento corta la piel, y el hielo entra hasta el alma. No hay estrellas, solo frío, y luces macilentas de farolas. En el alfeizar, sentado, evitando el toque gélido de los barrotes, espío desde mi particular atalaya cómo transcurren las horas bajo la mirada de una luna ausente. Sin duda, es la noche ideal para los recuerdos.

Se cuelan en mi cabeza memorias que nunca ocurrieron, y me veo, esta noche, rememorando lo que nunca pasó. Me siento, como me he sentido en mil noches similares a esta, inundado de los “qué pasaría si…” solo que esta noche no me hacen pensar en lo que tantas veces añoré, y ahora tengo. Bajo esta luna, hoy pienso en qué pasaría si perdiese lo que a mí ha llegado.

Y me veo, si te perdiese, caminando en la sombra fría de una noche como esta, perdido en un laberinto de añoranzas y anhelos. Me puedo ver, cambiado, oscuro, vistiendo la máscara de quien se interpreta feliz antes de volver a su paseo por las sombras. Todo lo que contigo he aprendido diluido en el helado viento. Todo lo que me has dado desdibujado en una memoria imperfecta. Todo lo que te he amado, olvidado, hundido en el vacío mar de la distancia. Todo lo que tú me has amado guardado con esmero, oculto, anudado en un lugar de mi corazón que siempre niego. Diciendo “ya no la recuerdo”, cuando en realidad seguiría por ti muriendo.

Me siento sentir que no te siento. Que tus dedos no me tocan, y palpan un mundo que me es ajeno, un cuerpo que no es el mío. Que tus ojos miran paisajes a los que soy ciego. Me puedo ver invidente, corroído, pensando en qué senderos clavan sus guijarros en tus pies, tratando de caminarlos, o de evitarlos. Me puedo oler, pues huele a humo el que se quema lentamente cuando siente, lejano, que la vida de lo amado transcurre a una distancia inalcanzable, en un lugar que siente su derecho.

Podría ser una noche de palabras tristes. De terror, de frío bajo la manta solitaria, de silencio. De miedo a perderte, que me llevaría a envenenarme poco a poco, a corroerme, a temer un futuro incierto del que la única certeza es que, hoy día, lo imagino a tu lado.

Pero esta noche voy a cerrar mi ventana, para que el helor no penetre en mi alma, para que el temor no duerma en mi cama. Y voy a acercarme al calor que tú me das, de cuyo fuego estoy seguro, y del que espero que siempre permanezca, aunque algún día bajen sus llamas y solo sean brasas, y otros días me abrase. Y fundiré mi miedo para que alimente mis propósitos, de que donde hoy hay fuego nunca haya cenizas.

Podría ser una noche de palabras tristes.

Pero prefiero decirte lo mucho que te quiero.



Curiósamente, la última carta de amor que escribí a una mujer, antes de que el amor se marchase. Aquella noche, aquel frio terrible, aquella calle mál iluminada, escondían secretos que quedaban, pues, muy lejos de mi entendimiento. Era una noche de verdades, de destino. Pero yo tenía frio, y ganas de abrazos.

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