Bienvenidos a la Atalaya...

El caminante recorre el sendero, azotado por el viento que canta a las nubes tormentosas. Sus pies pisan la hierba de la ladera, mientras, no muy lejos, el sonido del mar chocando contra el acantilado hace compañía a la brisa salada. El caminante eleva su vista, y allá, en lo mas alto, casi al borde del mar, vislumbra una torre de piedra ocre, eterna vigilante del horizonte. En lo más alto, una figura encapuchada, apoyada en su cayado, eleva un farol que titila con la luz de su pequeña llama. El caminante prosigue su ascensión, y es entonces cuando la puerta de la torre se abre, invitadora, y de su interior surge un resplandor que promete un cálido fuego y grata compañía.

El Ermitaño le da la bienvenida a su Atalaya.

lunes, 12 de mayo de 2008

Latido



Late,
cuando deshago los nudos que aprisionan tus secretos,
y caen al suelo los velos tras los cuales se ocultaba
tu piel desnuda.

Late,
cuando caminan mis manos por el pecado de tus sendas
mientras me quema el fuego de tu alma, por el deseo
enfebrecida.

Late,
y la pasión fluye, líquida, y se convierte en río
que corre anunciando la caída de la fortaleza
hoy asediada.

Late,
y me anudas con tus miembros al mástil de este Argos,
viéndote sirena, esperando la canción de tentación
por ti cantada.

Late.
Marcan el ritmo tus caderas
en esta danza.

Late,
herida mi razón, de lujuria
es tu lanza.

Late,
cazado, huir de ti no no es ni deseo
ni esperanza.

Late,
callada.
Late,
ardiente.
Late,
me fundo en tu vientre de lava.

Late,
sonriendo.
Late,
atada.
Late,
cuando eres mi dueña y mi esclava.

Late,
gritando,
Late,
cabalgas,
Late,
adicción, tentación desbocada.

Late,
gimiendo.
Late,
entonas,
Late,
canción de pasión desbocada.

Late, late, ¡Late!

Late,
perlado todo tu cuerpo con estrellas de agua y sal.
Y el mió, bajo el tuyo, se barniza con el deseo
por tí vertido.

Late.
Aun estremecida te dejas volar un instante.
Yo me quedo guardándote del mundo, protegiéndote,
a ti abrazado.

Late,
y el brillo, hipnótico y pleno, de tu mirada,
me dice que, ahora, el apetito de tu cuerpo
está saciado.

Late,
y escucho detenerse el batir de tus alas de cisne.
Se acalla la llama de tus ojos cuando tu alma
descansa a mi lado.

Junto a mí,
tu cuerpo
late.

* * * * *

Un pequeño poema, que demuestra por qué no debo ser poeta.