Bienvenidos a la Atalaya...

El caminante recorre el sendero, azotado por el viento que canta a las nubes tormentosas. Sus pies pisan la hierba de la ladera, mientras, no muy lejos, el sonido del mar chocando contra el acantilado hace compañía a la brisa salada. El caminante eleva su vista, y allá, en lo mas alto, casi al borde del mar, vislumbra una torre de piedra ocre, eterna vigilante del horizonte. En lo más alto, una figura encapuchada, apoyada en su cayado, eleva un farol que titila con la luz de su pequeña llama. El caminante prosigue su ascensión, y es entonces cuando la puerta de la torre se abre, invitadora, y de su interior surge un resplandor que promete un cálido fuego y grata compañía.

El Ermitaño le da la bienvenida a su Atalaya.

lunes, 21 de enero de 2008

Poema al caminante

Este poema, que considero inconcluso y bastante pobre, es mi pequeña oda a todos los que se atreven a cambiar, y a dar su primer paso. Muchas personas, a pesar de que creen poseer una vida dinámica y en constante cambio, no hacen mas que deambular toda su existencia por las tablas de un mismo muelle, sin atreverse jamas a embarcar. Todos debemos atrevernos a comenzar nuevos caminos. Y yo debería seguir mi propio consejo.



Caminante.

Miraba al horizonte enrojecido

con alegría,

sabiendo que con el sol ya vencido

despunta el día.


Sentía las cenizas de una vida

en su camino,

cortada con tijera de hoja hendida

y poco tino.


Vivencias que ahora deben quedar solas.

Dirige atento

su barco, al deseo de las olas

y al son del viento.


Navega por la memoria de la tierra.

Vuela en cielos que nunca vio.

Recorre lugares que no leyó

y que el que es sabio, en su ignorancia, entierra.

El horizonte: en sus pies, nunca delante.

Guías que nunca dejan de andar.

Jamás detiene su caminar,

pues no hay camino para el caminante.


Viajó por tierras baldías y muertas

y encontró rosas.

Entre fulanas de alma triste y yerta,

damas hermosas.


Vio muros que cayeron hace años,

y en sus despojos

escuchó las voces de los extraños.

Miró a sus ojos.


Estuvo en los bosques que aun hablaban,

y entre sus ramas,

las ninfas que él siempre amó, le amaban

Durmió en sus camas.


Navega por la memoria de la tierra.

Vuela en cielos que nunca vio.

Recorre lugares que no leyó

y que el que es sabio, en su ignorancia, entierra.

El horizonte: en sus pies, nunca delante.

Guías que nunca dejan de andar.

Jamás detiene su caminar,

pues no hay camino para el caminante.


Jugó a los dados con la muerte.

Siempre vencía.

Guardaba siempre un poco de su suerte

para otro dia.


En un tiempo, cartas de plomo duro.

Eso fue antes.

La vida paga en dados de oro puro

a sus amantes.


Desde la montaña, mira y ve un gran mar

de nube y roca.

Junto al viento, comienza su navegar,

y al sol invoca.


Navega por la memoria de la tierra.

Vuela en cielos que nunca vio.

Recorre lugares que no leyó

y que el que es sabio, en su ignorancia, entierra.

El horizonte: en sus pies, nunca delante.

Guías que nunca dejan de andar.

Jamás detiene su caminar,

pues no hay camino para el caminante.

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