Le dedico un abrazo a Francisco, un amigo, quien acuñó la última frase del poema.
Te mira, y en sus ojos saboreas el pecado.
Esos ojos, con su mirada inocente,
enmarcados por un cuerpo irreverente
que todos los hombres, alguna vez, han deseado.
Su voz te arropa, acuna, te lleva por senderos
que, si no con ella, no has de conocer.
Pues solo de su mano puedes entender
las palabras pronunciadas por la boca de Eros.
Y sus vestidos tan solo te hablan de su desnudez.
¿Qué secretos se ocultan tras esa tela?
¿Creen acaso contener su eterna estela,
armoniosa, como música emanando de su tez?
Recorres, deseoso, con tus ojos su silueta.
En su seno está tu tierra prometida.
Y ves, en su mirar de princesa herida,
qué inspira, con su rostro, las palabras del poeta.
Te preguntas, tú también, el por qué de su presencia.
¿Qué dios benevolente nos la ha enviado?
Creo que el viento, a mi, me lo ha susurrado.
Hoy te contaré, a ti, la verdad de su existencia.
La sensualidad, olvidada, sufría un gran dolor:
necesitaba una voz, y una canción.
Calló del cielo al mundo una bendición
a la que los ángeles, por bella, llamaron Leonor.

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