Bienvenidos a la Atalaya...

El caminante recorre el sendero, azotado por el viento que canta a las nubes tormentosas. Sus pies pisan la hierba de la ladera, mientras, no muy lejos, el sonido del mar chocando contra el acantilado hace compañía a la brisa salada. El caminante eleva su vista, y allá, en lo mas alto, casi al borde del mar, vislumbra una torre de piedra ocre, eterna vigilante del horizonte. En lo más alto, una figura encapuchada, apoyada en su cayado, eleva un farol que titila con la luz de su pequeña llama. El caminante prosigue su ascensión, y es entonces cuando la puerta de la torre se abre, invitadora, y de su interior surge un resplandor que promete un cálido fuego y grata compañía.

El Ermitaño le da la bienvenida a su Atalaya.

lunes, 21 de enero de 2008

Por bella

Le dedico un abrazo a Francisco, un amigo, quien acuñó la última frase del poema.


Por bella (a Leonor Watling):

Te mira, y en sus ojos saboreas el pecado.
Esos ojos, con su mirada inocente,

enmarcados por un cuerpo irreverente

que todos los hombres, alguna vez, han deseado.


Su voz te arropa, acuna, te lleva por senderos

que, si no con ella, no has de conocer.

Pues solo de su mano puedes entender
las palabras pronunciadas por la boca de Eros.

Y sus vestidos tan solo te hablan de su desnudez.
¿Qué secretos se ocultan tras esa tela?
¿Creen acaso contener su eterna estela,

armoniosa, como música emanando de su tez?


Recorres, deseoso, con tus ojos su silueta.

En su seno está tu tierra prometida.

Y ves, en su mirar de princesa herida,

qué inspira, con su rostro, las palabras del poeta.


Te preguntas, tú también, el por qué de su presencia.

¿Qué dios benevolente nos la ha enviado?
Creo que el viento, a mi, me lo ha susurrado.
Hoy te contaré, a ti, la verdad de su existencia.

La sensualidad, olvidada, sufría un gran dolor:
necesitaba una voz, y una canción.

Calló del cielo al mundo una bendición

a la que los ángeles, por bella, llamaron Leonor.





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