Bienvenidos a la Atalaya...

El caminante recorre el sendero, azotado por el viento que canta a las nubes tormentosas. Sus pies pisan la hierba de la ladera, mientras, no muy lejos, el sonido del mar chocando contra el acantilado hace compañía a la brisa salada. El caminante eleva su vista, y allá, en lo mas alto, casi al borde del mar, vislumbra una torre de piedra ocre, eterna vigilante del horizonte. En lo más alto, una figura encapuchada, apoyada en su cayado, eleva un farol que titila con la luz de su pequeña llama. El caminante prosigue su ascensión, y es entonces cuando la puerta de la torre se abre, invitadora, y de su interior surge un resplandor que promete un cálido fuego y grata compañía.

El Ermitaño le da la bienvenida a su Atalaya.

lunes, 28 de octubre de 2013

Amanece



Morfeo se despide de mí cada mañana con el gruñido de un despertador. Sigo sin acostumbrarme. Diez mil excusas para no ponerme en pie recorren mi cabeza en esos instantes previos al despertar. Casi logran sobreponerse. Todos tenemos razones para desear quedarnos en la cama, incluso cuando las sábanas están frías y solo huelen a sueños solitarios.

Recorro las tinieblas y las apago pulsando el interruptor de la luz. Aun es de noche más allá de mi ventana. Quizá también es de noche dentro de mi piel, casi nunca lo sé de seguro. Y sin embargo sigo mi guión, y desentumezco mi cuerpo del insuficiente sueño.

Café frío, galletas de fibra, y mil líneas de pensamiento: el desayuno de los campeones.

Mi mente juega en estas horas en mi contra. Recuerda una a una todas las muescas que arañan mis engranajes más básicos, esas pequeñas heridas que casi nunca curan: la desilusión, el estrés, la acechante pena. Las toneladas de estiércol que tantas veces me han hecho pensar que crecer, y madurar, no es más que entrenar nuestra capacidad para soportar el consumo de cada vez mayores cantidades de mierda. Y sin embargo se disipa el veneno de la memoria poco a poco, conforme los ojos permanecen abiertos con menor dificultad. El café, frío y repugnante como una taza de alquitrán, diluye las desdichas hasta hacerlas llevaderas. Las que se resisten me las trago con ayuda de mis galletas “Digestive”.

Hay quien hace yoga o utiliza mantras para enfrentarse a un nuevo día. Yo me ducho. Supongo que soy un tipo sencillo, o quizá solo una persona limpia. Me explayo bajo el agua, a sabiendas de que es el último placer casero antes de la jornada. Salgo de casa, aun a oscuras, y las preocupaciones me esperan en el quicio de mi puerta. No llevan mochila, pero me acompañan hasta el coche, con la firme intención de pegárseme a la piel durante el resto de mis horas. Arranco el motor del coche, enciendo la radio, y “Muse” rompe el silencio activando mis oídos con “Knights of Cydonia”. Me pongo en movimiento.

Entonces, de entre la maraña de recuerdos desdichados y preocupaciones eternas surge un tímido recuerdo, de esos que se repiten cada día, pero que solo vienen a nuestra mente cuando el momento que los arrastra se acerca inexorablemente. El café y el reloj me han despertado esta mañana, pero el momento que me catapulta cada día solo llega cuando mi coche toma ESA recta en concreto. Ha llegado.

Al final del camino, triunfando sobre la oscuridad, un sol rojo como la sangre ciega mis ojos y llena mi alma. El cielo se tiñe de su luz justo cuando “Muse” truena en mis oídos con el solo de guitarra. En ese momento mi sangre brilla y sé que, aunque no lo veo, mi cuerpo se enciende al rojo vivo y mi corazón bombea lava. Entonces todo queda fundido y la escoria abandona mis pensamientos. Pienso ahora en toda esa gente que adora la muerte cuando no han llegado a saber qué es la vida, pienso en la débil misantropía de todos aquellos que dicen odiar a las personas cuando en realidad solo las temen. Pienso en las triviales memeces que asaltan sus cabezas, entre las cuales hace un instante se encontraba la mía. Pienso en quienes no son capaces de disfrutar la maravilla de la vida, la filigrana de sus existencias, los placeres más sencillos y los más complejos y delicados. Y todos ellos se funden en el fuego rojo que el sol infunde en mi corazón, y se esfuman como humo cuando mi cuerpo es incapaz de contener esa fuerza, y la libera pisando el acelerador. A veces grito, henchido de energía y de vida, mientras el Gran Rey me mira y me bendice. Y sé que por insignificante que sea nuestra existencia, por desesperanzador que sea nuestro porvenir, al menos existirá siempre una razón, una llama, algo por lo que cada día merece la pena levantarse:

Amanece. Y no es poco.

1 comentario:

El Ermitaño dijo...

Textos viejos, que ahora vuelven a mi memoria.