Bienvenidos a la Atalaya...

El caminante recorre el sendero, azotado por el viento que canta a las nubes tormentosas. Sus pies pisan la hierba de la ladera, mientras, no muy lejos, el sonido del mar chocando contra el acantilado hace compañía a la brisa salada. El caminante eleva su vista, y allá, en lo mas alto, casi al borde del mar, vislumbra una torre de piedra ocre, eterna vigilante del horizonte. En lo más alto, una figura encapuchada, apoyada en su cayado, eleva un farol que titila con la luz de su pequeña llama. El caminante prosigue su ascensión, y es entonces cuando la puerta de la torre se abre, invitadora, y de su interior surge un resplandor que promete un cálido fuego y grata compañía.

El Ermitaño le da la bienvenida a su Atalaya.

martes, 10 de junio de 2008

Paisajes de batalla


Estiro uno a uno mis músculos, flexiono mi cuerpo y toco cada una de sus articulaciones. Observo la línea que marcan los gemelos en la pierna al estirarse, y siento los músculos estremecerse ante la tensión mientras se deslizan bajo la piel. Me preparo, miro una vez más al suelo, al horizonte, al camino. Empiezo a caminar, acelerando poco a poco el ritmo de mis pasos. Diviso entonces el que he convertido en mi límite de partida, y como me acerco poco a poco a él. Entonces llevo mis manos al cuello, y con un gesto coloco sobre mi cabeza el visor de brillante acero y el sonido se amortigua bajo el metal del yelmo. Ya solo puedo ver el horizonte infinito, la llanura que me separa de mi objetivo. El enorme territorio, poblado de una inmensa pradera de intenso verde, se convierte en mi camino. Siento el peso de la armadura sobre mi cuerpo, pero tan solo durante unos instantes, pues con un ligero gesto el frisón sobre el que cabalgo se lanza a la carrera, con sus poderosos músculos moviéndose bajo su piel negra, mientras el vapor sube desde su sudoroso lomo. El caballo relincha mientras la pradera se desliza bajo sus cascos azabache, y la cota de mallas tintinea sobre mis hombros a cada paso de la bestia. Avanzamos juntos, como llevados por el viento, y a lo lejos oigo ya los sonidos de los cuernos de batalla. La pradera deja ver poco a poco los estragos de la guerra, y al ascender la siguiente colina las siluetas de diez mil hombres ensombrecen la tierra bajo sus pies calzados de cuero tachonado. Veo al enemigo acosando a mis guerreros con sus insidiosas tácticas: nos superan en número y la batalla es desigual en todos los frentes. Entonces, dirijo el rostro de mi montura en dirección a los enemigos. La bestia comprende mi acción, y sin miedo comienza su galope. El enemigo, que enarbola sus lanzas en otra dirección, mueve ahora sus armas para enfrentar a la nueva amenaza. El bosque de púas de acero me saluda como la sonrisa de un demonio repleta de dientes. El corcel no detiene su paso, y cuando la muerte parece inminente, un salto de sus poderosas paras lo eleva sobre el muro de lanzas, y cae aplastando al enemigo. En mi lanza se ensartan los cuerpos de varios desgraciados. Puedo ver sus rostros sucios, malvados, mirar con horror el hasta de hierro que les ha arrancado la vida. Pero aun no han exhalado su último aliento cuando mi espada siega ya el alma de sus compañeros de armas, que caen uno a uno bajo mi furia vengadora. Sus lanzas hieren mis piernas y el costado de mi fiel corcel, pero los daños de los cascos de la bestia se unen a mis mandobles hasta que nuestros enemigos, horrorizados, se baten en retirada. El enemigo huye despavorido, y con un nuevo galope, nos unimos a nuestros camaradas, brevemente liberados del ataque al que estaban sometidos. Nos reciben con vítores y alabanzas, y los hombres se reúnen junto a mí y se preparan, henchidos de orgullo, para contraatacar a las huestes enemigas. La mano de un escudero anónimo me entrega un mástil en el que ondea, orgulloso, en un estandarte de terciopelo ajado por la batalla, un trece blanco sobre un fondo negro. Bajo el emblema de la compañía, mi grito de guerra es coreado por mis hermanos, y nos lanzamos hacia el enemigo. De nuevo sus lanzas se elevan, formando un muro de muerte. Ya casi podemos sentir su frío acero cuando detengo mi carrera. Recupero el aire, y golpéo levemente el artefacto, que ha dejado de funcionar. Apenas un segundo después el sonido vuelve a inundar mis oídos, y bajo su ritmo el enemigo cae de nuevo rendido. Sus gritos se mezclan con la furia de mis hermanos, cuyas espadas cosechan ya las cabezas de los lanceros. Sin embargo, un horror sombrío parece cernirse sobre sus ánimos, que poco a poco se apagan, y la lucha pierde fuerza. Tras las líneas de la infantería enemiga una enorme silueta se eleva contra el cielo. El gigantesco dragón, rojo como las entrañas de la tierra, se levanta desafiante sobre el campo de batalla. Entonces, abandono la formación, y levantando la espada al aire, clamo por un combate singular. El jinete del dragón, el señor de nuestros enemigos, acepta el reto, pues en ese momento el dragón comienza a descender en picado sobre mi cabeza. Veo el fuego abandonar sus fauces, pero sin sentir miedo espoleo a mi poderoso corcel, y levanto el estandarte de la compañía con orgullo mientras blando mi espada sobre la cabeza. Entonces se produce el choque, y en el infierno de llamas y acero vuelvo a quitarme los cascos de los oídos. Me detengo, resollando, y bebo en una de las fuentes sembradas en mi recorrido habitual. Veo a los transeúntes, con su ropa veraniega, mientras pasean junto al mar. Miro entonces mi aspecto: mi camiseta sin mangas, mis calzonas y mis zapatillas deportivas. El sonido de la música me llega desde los cascos que ahora penden de mi cuello. No debo detenerme demasiado, hay que terminar la carrera diaria. Me dispongo a continuar, estiro las piernas, respiro profundamente, y mis pies se mueven de nuevo mientras llevo de nuevo a mi cabeza el yelmo destrozado por la batalla. El enemigo yace derrotado, y la victoria ya es un hecho. La labor ha concluido y puedo dirigirme hacia un nuevo reto. El horizonte me recibe, con los rayos de sol brillando sobre la verde pradera, mientras mi corcel galopa, bajo mis piernas, en busca de la siguiente aventura.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Como ganar una batalla, o como correr unos cuantos kilómetros escuchando rhapsody, by Jesus xDD. Muy bueno tío me ha encantado ^^

Victoria Villa dijo...

Ay Jesus. por cierto en el apartado de almas hermanas te has equivocado con mi direccion porque no lleva a ninguna parte.
es http://www.myspace.com/nash_city

:D ME ha gustado mucho tu escrito!!! tienes que seguir dandole al coco, pero aver cuando te pones en serio, a escribir un libro.

Ulises dijo...

Muy absorbente.

Me ha encantado.