Bienvenidos a la Atalaya...

El caminante recorre el sendero, azotado por el viento que canta a las nubes tormentosas. Sus pies pisan la hierba de la ladera, mientras, no muy lejos, el sonido del mar chocando contra el acantilado hace compañía a la brisa salada. El caminante eleva su vista, y allá, en lo mas alto, casi al borde del mar, vislumbra una torre de piedra ocre, eterna vigilante del horizonte. En lo más alto, una figura encapuchada, apoyada en su cayado, eleva un farol que titila con la luz de su pequeña llama. El caminante prosigue su ascensión, y es entonces cuando la puerta de la torre se abre, invitadora, y de su interior surge un resplandor que promete un cálido fuego y grata compañía.

El Ermitaño le da la bienvenida a su Atalaya.

jueves, 15 de enero de 2009

Mujer de Otoño


“Penélope me mira con sus ojos de otoño.

La veo por el rabillo del ojo, y al sentir mi mirada, se escabulle como una ardilla traviesa y se cuela en mis sueños. Entonces me vuelvo, y la encuentro sentada, quieta, tan delicada. Casi parece una muñeca, de tan frágil, de tan fina, con su minifalda sobre leotardos de negro y púrpura. Tan frágil, y tan mujer, pues su piel blanca, desnuda lo justo para alimentar la imaginación, cubre sus tímidas curvas. Tímidas, pero no ausentes.

Penélope baja la vista hacia un libro que descansa en la mesa. Hace como que lee, pues se sabe descubierta. Se oculta, juguetona, tras una cortina de rizos negros, que al cubrir su rostro de hada traviesa también parecen más delicados. Tras su pelo me mira, con la sonrisa dibujada en su boca, tan delicada, y tan voluptuosa. Tan de niña y sin embargo tan sensual. El piercing que adorna sus labios parece invitar a la delicia. Como un cebo de plata.

Penélope, que se sabe observada, se vuelve hacia mí con porte digno. Pero la delata la sonrisa que se escapa por el borde de su dulce boca. Frunce su ceño, y sus cejas, de tan finas, más parecen formar un puchero que un rostro de enfado. Se burla de mí, y yo de ella. Y los dos reímos. Entonces su mano se eleva, casi ingrávida, tanto que parece una estela en un río. No son sus dedos de porcelana, apenas puedo definirlos. Solo sé que son las manos que tendría el otoño si fuese una mujer, como de nieve por fuera, pero cálidos y acogedores, igual que al hacer un cuenco con los dedos entrelazados y liberar el aliento para ganar calor. Penélope coge uno de sus rizos, y lo coloca tras la oreja. Entonces se acomoda, mientras dirige su rostro directamente a mí.

Se mueve como si un viento meciera su cuerpo de junco. Y en su soplo, como un humo blanco de leña, se diluye la risa de Penélope, y viene a mi rostro. Su risa huele a abrazos frente a una chimenea, a caricias bajo una manta, a tierra mojada en el amanecer. Repica como las gotas de lluvia tras los cristales.

Penélope siempre sonríe, incluso cuando llora.”

(Autor de la fotografía: Eduardo las Heras, "Luz de Otoño")

1 comentario:

Victoria Villa dijo...

una preciosidad Jesus.. deberias seguir con tu blog! animo